Bunbury explicó que la canción está relacionada con la etapa en la que tuvo que dejar de cantar por problemas vocales. Llegó a temer que no pudiera volver a hacerlo con normalidad. El problema estaba relacionado con el humo artificial utilizado en los conciertos.
Pero aquí está lo interesante: para un cantante, la voz no es simplemente una herramienta profesional. Es su forma de existir ante los demás, de expresar lo que lleva dentro y de conectar con la gente.
Por eso, perder la voz significa también enfrentarse a una pregunta terrible:
¿Quién soy cuando ya no puedo hacer aquello que siempre me ha definido?
Y esa pregunta no es exclusiva de un músico. También nos la hacemos cuando perdemos un amor, cuando envejecemos, cuando dejamos un trabajo que nos daba identidad o cuando nuestro cuerpo ya no responde como antes.
«La voz» habla de la pérdida de la identidad que habíamos construido y del aprendizaje de aceptar que somos vulnerables, limitados y pasajeros.
Bunbury tiene la experiencia particular del artista que teme perder su instrumento de expresión. Pero la canción se abre a algo universal: el miedo a dejar de ser quienes éramos.
Y, sin embargo, no es una canción completamente desesperanzada. Hay una invitación a volver a intentarlo, a conceder tiempo al tiempo y a aceptar que todavía podemos aprender.
Quizá lo más hermoso sea esto: no necesitamos recuperar exactamente la vida que teníamos para encontrar una forma de seguir adelante.